Comisiones

Antonio es imprescindible en la mar y prescindible en tierra. Cocinero naval, sostiene al barco mientras su casa se deshilacha en su ausencia. Cada comisión trae dinero, reconocimiento… y una herida más.

Comisiones

El casco crujía con cada bandazo, como si el barco se quejara en sueños. El aire traía olor a humo y sal. Antonio estaba sentado en una de las cajas estibadas en el combés de estribor, cigarro en mano, cuando oyó la voz de un marinero joven.

—¿Otra vez aquí, cabo? Va a parecer que duermes al raso.

—¿Y qué? Aquí tengo aire acondicionado gratis y la mejor vista del mundo.

El chaval rio y siguió de ronda. Poco después apareció Juanillo, con su inseparable taza de café.

—No sé qué es peor: si el humo de tus pitillos o el olor de este brebaje.

—El café te despierta, el humo te calma. Entre los dos mantenemos el barco a flote.

Juanillo sonrió, pero enseguida torció el gesto.

—Yo no aguanto otra así, Antonio. La mujer me lo ha dicho claro: otra comisión larga y me encuentro las maletas en la puerta.

—Bah, siempre exageras.

—¿Exagerar? El crío me preguntó si me había ido “para siempre”. Eso no es exagerar.

Antonio encendió otro cigarro con calma estudiada.

—Será que soy de los pocos cocineros a los que todavía les gusta navegar, y por eso me suelen reclamar para este tipo de comisiones. Fragata aquí, patrullero allá… ¿Quién va a hacer el rancho si no?

—Además, Juanillo: ¿no os viene bien el dinero que saco con estas navegaciones?

—Sí, pero en casa vivimos con lo justo. No gastamos lo que no tenemos.

—Ya… —se quedó pensativo Antonio—.

—El rey del potaje —Juanillo lo miró de lado—. Pero dime una cosa: ¿en tu casa no dicen nada?

—Ellos se apañan.

—Ojalá lo creyeras de verdad.

Se acercó el “Víveres” —así lo llamaban porque se encargaba de los pedidos y del control de la comida a bordo— con una carpeta apretada bajo el brazo.

—Antonio, mañana a primera hora necesito inventario de cámara fría. Y la plancha pide clemencia —dijo, medio en serio—. Si me sacas dos turnos de tortilla, te pongo un piso en popa.

—Te saco tortilla, pisto y arroz caldoso —respondió Antonio—. Pero luego no vengas llorando si se enamoran de mí.

—Muy tarde —remató el “Víveres”, guiñando un ojo—. Media dotación ya está casada contigo.

Rieron. El zumbido de la turbina se mezcló con el chasquido de un grillete en proa. Juanillo, más bajo, insistió:

—Fuera bromas: yo me planto. No quiero ver cómo mi hijo me mira como si fuera un tío de visita.

Antonio agachó la vista. Se le cruzó un recuerdo seco, doméstico: dos pendientes baratos olvidados junto al grifo, el móvil de su hija vibrando sin parar. Alzó la barbilla.

—Anda, tira pa’ dentro. Si nos ven aquí, pensarán que arreglamos el mundo.

Juanillo se marchó con la taza. Antonio quedó solo. Aquí era alguien. Fuera del barco lo esperaban facturas, toses y un silencio que cada día pesaba más.

Mientras miraba, embelesado, hacia el infinito queriendo ver más allá de la oscuridad, el chasquido del ancla en proa le sonó al golpe de un plato mal encajado en la alacena. El gasóleo de cubierta se mezcló con un recuerdo de lejía reciente y fritanga. Pensó en la bombilla sin pantalla, en una mesa llena de papeles que siempre parecen multiplicarse cuando él no está, y en la tos de su madre marcando el ritmo de la casa como un reloj viejo. Dio una última calada y, al tirar la colilla, supo que, cuando tocara puerto, no lo esperaría el descanso, sino la cocina convertida en trinchera.

La mesa estaba cubierta de papeles: facturas dobladas, el recibo del banco en rojo, la lista de la farmacia. La bombilla sin pantalla lanzaba una luz amarillenta que hacía parecer las esquinas más estrechas.

Su mujer, con un trapo en la mano, lo miró de soslayo.

—¿Otra comisión?

—Dicen que me necesitan.

—Siempre dicen eso. Y tú siempre dices que sí.

Desde el sofá del salón se oyó la tos seca de su madre, seguida de su voz cascada:

—Normal. Aquí no pintas nada. Tu mujer se apaña sola y la niña hace lo que quiere.

—Suegra, por favor —replicó su mujer.

—¿Qué? Los hombres deben de estar en su casa, no de paseo en barcos.

Antonio alzó la voz.

—Ya está bien, mamá.

Su mujer lo encaró, ojos cansados, manos húmedas en el trapo y a media voz para que su suegra no la escuchara, —le dijo—.

—No la mandes callar. Dice lo que piensa medio barrio. Yo aquí con tu madre, los críos y las facturas, y tú apareces dos días como si fueras visita. ¿Sabes lo que es ir a la pediatra sola con él, mientras la niña se queda protestando en casa y tu madre tose en el sofá? ¿Sabes lo que es preparar el partido del sábado sin que tenga ni botas decentes?”

—Lo hago por vosotros.

Ella soltó una risa breve, sin alegría.

—¿Por nosotros? O porque no sabes estar aquí.

La tos de su madre volvió a clavar el aire.

—De poco sirve traer dinero si la casa se viene abajo.

Antonio apretó la mandíbula.

—No digas eso delante de los niños.

—¿Y qué quieres que diga? —ella señaló la mesa—. Mira esto. Mira el banco, mira la lista de la farmacia. Y mira a tu madre: hoy he tardado media hora para que se tomara la pastilla. ¿Sabes lo que me ha dicho? Que en sus tiempos los hijos obedecían. Pues mira, yo obedezco a todo: al banco, a la abuela, a los profesores del instituto y a tu agenda.

—¿Me dices que mire qué? Las facturas, ¿crees que podríamos pagar todo en lo que estamos metidos de no ser por estas comisiones? no es justo.

—Justo sería que estuvieras, ya te he dicho unas cuentas veces que prefiero patatas cocidas que filetes de ternera sin ti.

Se hizo un silencio espeso. En la nevera, un imán torcido sujetaba el recordatorio del pediatra: revisión del chico la semana siguiente. Antonio extendió la mano y lo enderezó sin pensar, como si ese gesto sirviera de algo.

—Haz lo que quieras, como siempre —concluyó ella, dejando el trapo—. Pero no me pidas que sonría cuando los niños pregunten por ti.

Antonio cogió la gorra sin contestar. Atravesó el pasillo mientras la tos de su madre lo acompañaba como una sombra.

—¿Te vas ya? —preguntó la anciana.

—Voy a comprar pan —mintió.

—Pues trae pan del bueno —zanjó ella—, no del que se deshace.

Antonio salió a la escalera con la idea absurda de obedecer.

Bajó las escaleras pensando en el pan “del bueno”. Al salir a la calle, el olor de la tahona se mezcló con el de su propia chaqueta: olor a barco. Esos olores que solo se distinguen cuando estás en tierra. Apretó la barra aún tibia; crujió como el golpe de una tapa en la cocina del barco. Sintió el tirón a cubierta, la llamada muda del acero que le ordena dónde sí sabe moverse. “En el barco no hay trapos sucios —se dijo—, solo aire corriendo.” Y, en su cabeza, ya estaba otra vez en estribor.

La brisa húmeda le pegaba la camiseta al cuerpo, pero en cubierta se sentía libre. Antonio estaba en su rincón del combés de estribor cuando un marinero apareció con un paquete de galletas medio abierto.

—¿Quiere una, cabo?

—Estas son de la ración de maniobra, ¿eh? Si se entera el “Víveres” te mete en la nevera con ellas.

—Usted siempre tiene algo guardado.

—El secreto no es guardar, es saber pedir.

Un grupo pasó rumbo al pañol. Uno le gritó:

—¡Antonio, el potaje del martes nos salvó la vida!

—Claro, claro. Hasta que lo repito dos días seguidos. Entonces me queréis tirar por la borda… A ver lo que os dura la alegría con lo que cocino.

Las risas se perdieron en el viento. Se acercó un cabo primero, con gesto medio en serio.

—Tú siempre de buen humor. Yo no sé cómo lo haces.

—Será vocación… o que aquí sé a lo que me debo.

—O será que aquí eres rey… y en casa no.

Antonio sonrió, pero los ojos le brillaron un segundo.

—¡Anda, calla, malaje!

—Como repitas lentejas, me tiro por la borda —remató otro, arrancando carcajadas.

—Por supuesto, nunca va a llover a gusto de todos… y menos con la comida.

Antonio consultó el reloj.

—A ver, reparto de tareas en la cocina: a las cinco, plancha caliente. A las cinco y diez, tortillas empezando a salir. A las seis y media, todo listo: línea abierta y primer turno del comedor en marcha.

—¡A la orden, chef! —corearon dos marineros, de broma.

Ese “chef” le gustaba más que cualquier saludo reglamentario. Aquí valía por lo que hacía. Aquí lo pedían por el nombre que se había labrado a lo largo de sus años de marina. En ese rincón de acero no necesitaba galones ni ascensos. Con la cocina le bastaba. Su oficio era su refugio.

El viento le secó la frente. Por un momento logró no pensar en la bombilla amarilla de su cocina en tierra. Allí era distinto: la familia, su mejor negocio, estaba siempre en números rojos. En el barco era imprescindible, en casa apenas llegaba a tiempo de nada.

Pero el cabo primero le dejó una astilla clavada: “Aquí eres rey… y en casa no.”

El reloj digital del bolsillo parpadeó y, en vez de horarios de comida, Antonio vio números de cuota, plazos y carencias. Vio también los pagos que nadie más conocía, las deudas de su suegro que él iba cubriendo a escondidas. Ese secreto lo mordía más que las estachas bien trincadas.

La vibración constante del casco se transformó en su cabeza en el zumbido frío de una oficina con olor a plástico y tinta. “Firmas, sellos, más meses en la mar”, pensó. Y el rumor del océano se apagó como si alguien hubiera cerrado una puerta acolchada.

El aviso llegó a media mañana. El segundo entró en la cocina con una sonrisa breve.

—¡Señores atención!, el señor comandante.

El murmullo de la dotación se cortó de golpe. Antonio se limpió las manos en el trapo y se puso firme sin querer, aunque llevaba el delantal manchado de tomate.

El comandante apareció en la puerta, con su media sonrisa habitual.

—Solo quería felicitar al servicio de cocina —dijo, con voz clara pero rápida, como quien cumple un trámite—. El rancho de hoy ha estado magnífico. Y en especial, gracias a ti, Antonio. Una comisión más y siempre al pie del cañón.

Antonio sintió que se le encogía el pecho. Apenas acertó a responder:

—A sus órdenes, mi comandante.

El jefe asintió, dio una palmada en el hombro al segundo y se marchó como había entrado, breve, con paso seguro.

Antonio se quedó en silencio. Para él, esas palabras eran una medalla. En el barco era alguien, y lo sabían todos.

La toldilla estaba en penumbra, apenas iluminada por un resplandor rojo de pitillo y el zumbido grave del generador. Antonio fumaba en silencio, apoyado en la regala, a unos metros de tres cajas de estiba donde dos oficiales de la unidad aérea embarcada conversaban con calma.

—Tres rotaciones seguidas. Dos meses cada una. Cuando regrese habrán pasado seis meses en total fuera de casa. Medio año perdido.

—Perdido no. Has ganado un dinero extra que no tendrías si te quedaras en tierra. Eso también cuenta. Los críos en inglés, en judo, en natación… lo que quieran. Comen bien, visten mejor que nosotros a su edad.

—Sí, pero mientras tanto yo no estoy. No voy a entrenamientos, no voy a reuniones del colegio. Me he perdido dos cumpleaños seguidos. ¿Qué crees que piensa mi hija? Que soy visita.

—Vale, pero fíjate: con lo que traes, cuando vuelves a casa, podéis permitiros cosas que sin esto serían imposibles. Una semana en la playa, una tele nueva, hasta salir a cenar sin mirar la cuenta. Eso también es vida.

Antonio echó el humo despacio. Yo vuelvo y lo único nuevo en casa son las cartas del banco.

—Es que no se trata de dinero, se trata de estar. El dinero ayuda, sí, pero no te sienta en la mesa cuando los críos soplan las velas. Y ellos lo notan.

—Ya, pero la vida es así: con menos se puede vivir, claro que sí, pero este extra nos da nivel. Y de ahí es difícil bajar. El problema que yo veo es que mi mujer es la que carga con todo: reducción de jornada, carrera profesional frenada… Ella ha pagado más que yo por estas rotaciones.

Antonio apretó la colilla entre los dedos. La mía también vive limitada por mis ausencias, y encima no sabe nada de las deudas.

—Eso es lo que me jode. Lo que tú ganas de más, ella lo pierde en tiempo y oportunidades. Es pan para hoy y hambre para mañana.

—Lo sé. Y lo pienso muchas veces. El día que me den baja en vuelo o que ya no tenga sitio en la escuadrilla, ¿qué? Con menos sueldo, con los críos ya acostumbrados… ¿qué haces?

—Y encima, cuando nos toque el momento de un despacho, ni siquiera tendremos lo que nos gusta. Ni vuelos, ni estos ratos en la mar. Solo papeles y órdenes de otros.

—Exacto. Lo malo es que mientras dure, te engancha. Te gusta lo que haces, te llena, pero sabes que tiene fecha de caducidad.

El silencio se hizo espeso. Antonio tragó saliva. Ellos hablan de seis meses; yo voy camino de diez, y en mi cocina no hay fecha de caducidad: seguiré ahí mientras me aguanten.

Entonces apareció un tercer piloto, con la chaqueta medio abierta y una sonrisa fresca. Se dejó caer en una caja sin pedir permiso, los escuchó un momento y cortó de golpe:

—Pero vamos a ver, joder. ¡Si aquí nos lo pasamos de puta madre! Esto es de lo mejor de la Armada. Vuelas, navegas, cada puerto es una aventura. Comes con los colegas, cada día hay una anécdota… ¡y encima cobrando más!

Los otros dos lo miraron con paciencia, como a alguien que aún no ha sentido el desgaste.

—Claro, porque tú no tienes familia. No sabes lo que es volver y que tu hijo te mire como a un desconocido.

—Ni mujer que se canse de ser madre y padre a la vez.

El tercero alzó las manos, sin perder la sonrisa.

—Lo admito, no tengo esas cargas. Pero mientras dure, pienso disfrutarlo. Cada hora de vuelo es un regalo. Cuando estoy en la cabina del helo me siento el tío más afortunado de la Armada.

El primero suspiró.

—Pasión no nos falta. Cada despegue compensa… hasta que piensas en lo que dejas atrás.

—Y el día que nos dejen fuera, veremos si hablamos igual.

El tercero rió, encogiéndose de hombros.

—Pues entonces me quedará lo vivido. Que me quiten lo volado.

Los tres callaron, mirando hacia el mar.

Antonio apagó la colilla contra el hierro. Ahí estaba todo: la pasión que lo mantenía vivo en el barco y la factura que lo mataba en casa.

La oficina del banco estaba helada (o al menos a él se lo parecía). Antonio se sentó con la gorra en la mano, frente a un gestor que hablaba como si recitara un parte.

—Pendiente: catorce mil setecientos euros. Plazo: cuarenta y ocho meses. Cuota mensual: doscientos noventa.

—¿Y si no firmo?

—Pues se le embargará el inmueble—dijo sin gesticular apenas.

—¿Carencia? ¿Reunificar? —preguntó Antonio, sin convicción.

—Carencia, seis meses —respondió el gestor, como quien recita un manual—. Significa que durante ese tiempo solo pagaría intereses, no amortización. Le dará aire, pero después la cuota será más dura.

—¿Y reunificar?

—No procede. —El gestor pestañeó por primera vez—. La reunificación de deudas no se aplica en su caso. Tiene varias pólizas ya firmadas y distintos tipos de interés; jurídicamente sería más caro que mantenerlo como está.

Antonio bajó la vista a los papeles.

—Con su sueldo fijo no habrá problema. —El gestor se acomodó en la silla, seguro de sí—. La Armada nunca falla. Y a nosotros nos basta con eso: un pagador estable, aunque a usted le pese.

La frase le sonó como una condena. Miró el bolígrafo, miró la puerta. Firmó sin decir nada.

—Muchas gracias —dijo el gestor, ya de pie—. A partir del día uno.

En la calle, el sol le golpeó en la cara. Su mujer lo esperaba en el coche, con las manos en el regazo.

—¿Ya está?

—Ya está.

—Si no fuera por ti, ya habrían perdido el piso.

Antonio apoyó el hombro en la puerta y encendió un pito, como le escuchaba decir a algunos amigos suyos.

—No me lo agradezcas.

—No esperaba menos—respondió ella—. Lo que quiero es que estés.

La frase, simple, lo empujó más que cualquier firma.

De camino a casa, agarró el volante como si fuera un asidero de escora. En la tapicería del coche quedó prendido el olor viejo de tabaco de su suegro, y con él volvió, nítida, la tarde de la tele a todo volumen. Vio sus manos amarillas por la nicotina, oyó el “no quiero que mi hija lo sepa”, y la calle de repente se le volvió salón pequeño y vergüenza grande. Paró el coche, respiró hondo, y dejó que el recuerdo hablara.

El recuerdo volvía en los peores momentos. Aquella tarde, su suegro lo había llamado al salón pequeño del piso. La tele sonaba demasiado alta, como si así tapara lo que estaba por decir.

—Antonio, siéntate un momento.

Antonio obedeció. El hombre miraba sus manos, manchadas de nicotina.

—Esto no puede saberlo mi hija.

—¿Qué pasa?

—El bar fue un error. Pensé que remontaríamos… pero el socio se largó, me quedé con todo y firmé más de lo que debía. Créditos, refinanciaciones… Ya ni sé cuánto.

—¿Cuánto es “mucho”, exactamente?

El suegro—pasándose el pañuelo por la frente, aunque no hacía calor—apretó los labios.

—Mucho como para quitarnos el piso si aflojamos. —Le tembló la voz—. Me da vergüenza. Prefiero que ella crea que son atrasos pequeños. Si supiera la verdad… la destrozaría.

—¿Y qué quiere que haga yo?

—Lo que ya haces: aguantar, pagar lo que puedas. Pero no se lo digas. Prefiero que me recuerde como un fracasado antes que como un lastre.

Antonio apretó la mandíbula.

—No es justo para nadie.

—Lo sé —dijo el suegro, y le tomó la mano con un gesto inesperado—. Gracias, hijo. Y… perdona.

El aplauso absurdo de la tele llenó el hueco. Desde entonces, cada reproche en casa le pesaba el doble. Llevaba un secreto que no podía usar ni para defenderse.

Los aplausos enlatados de la tele siguieron sonando en su cabeza incluso cuando ya estaba en el pasillo de su casa. Cada palmada era una puerta que no sabía cómo abrir sin hacer ruido. Miró su mano y aún sintió el apretón tembloroso del suegro: calor ajeno, deuda propia. Empujó la hoja del cuarto de los niños con cuidado, como si en vez de una habitación fuese una santabárbara: cualquier chispa podía encenderlo todo.

El cuarto estaba partido en dos mundos. De un lado, orden: la cama hecha, los libros en fila, las zapatillas en su sitio. Del otro, caos: ropa tirada, pulseras, maquillaje barato y el móvil brillando como un faro.

Antonio se apoyó en el marco de la puerta.

—¿Qué tal vais?

El mayor levantó la cabeza del cuaderno.

—Bien, papá. El sábado tengo torneo. ¿Vienes?

Antonio se rascó la nuca.

—Haré lo que pueda.

—No vengas si es por compromiso —dijo el chico, mirando el lápiz—. Prefiero que vayas cuando puedas de verdad.

La niña ni se movió.

—¿Y tú? —insistió Antonio.

—Da igual.

—¿Cómo que da igual?

—Nunca estás. ¿Para qué voy a contarte nada?

—Estoy ahora.

—¿Cuánto dura “ahora”? —levantó por fin la vista, con una media sonrisa sin alegría.

Desde el salón llegó la voz rota de su madre:

—Normal. Con un padre siempre en el barco y una madre que la consiente, así sale la niña.

—Mamá, ya basta —saltó su mujer, apareciendo en la puerta.

—¿Basta de qué? Antes los hijos obedecían. Ahora se les dan caprichos y luego vienen las desgracias.

—No soy una desgracia —soltó la niña, clavando el móvil bocabajo—. Y no me consienten. Ojalá me consintieran algo.

—No hables así a tu abuela —dijo Antonio.

—¿Y tú, me vas a dar lecciones? —disparó ella, con los ojos húmedos—. Si no estabas cuando me suspendieron mates. Ni cuando me dieron el alta de la rodilla. Ni…

El mayor intervino, bajito:

—Vale, ya. Papá hace lo que puede.

La niña resopló. La madre apretó los labios.

—¿Y qué quieres que haga? —le dijo a Antonio—. Tú no estás, tu madre malmete y yo no puedo con todo.

—Lo intento, de verdad.

—¿Intentas qué? Lo que haces es huir.

Silencio. El móvil de la niña vibró sobre la colcha; nadie lo cogió. El mayor se levantó, recogió la mochila y la dejó junto a la puerta, como si ordenar cosas pudiera ordenar la casa.

Antonio salió al pasillo. Encendió un cigarro junto a la ventana abierta. La tos de su madre llegó puntual. Dentro de su propia casa, se sintió invitado.

—Papá —dijo el mayor detrás de él, en voz baja—. Si no puedes venir el sábado, me lo dices ya. Así no espero.

Antonio asintió sin girarse.

—Eres buen chaval —consiguió decir.

—Eso intento —respondió el chico.

Cerró la ventana, aplastó la colilla y se prometió una verdad pequeña: no hacer promesas grandes. La casa olía a cena a medias y a conversación pendiente. Al día siguiente, en el muelle, el sol cayó como una losa sobre la chapa y los chistes de los marineros fueron el salvavidas más a mano. Antonio se dejó arrastrar por la risa fácil, como quien se agarra a una boya para no mirar el fondo.

El teléfono vibró en la taquilla metálica. Antonio contestó al segundo tono.

—¿Diga?

La voz de su mujer sonó sin rodeos, seca:

—Nos han llamado del instituto.

—¿Qué pasa?

—Está en el despacho de la orientadora. —Pausa—. Está embarazada.

El aire del pañol se volvió pesado.

—¿Cómo?

—Quince años. Seis semanas. Yo sola escuchando mientras ella miraba al suelo.

Antonio se apoyó en la puerta metálica.

—Voy a hablar con ella.

—¿Cuándo? ¿Cuándo vuelvas? —La voz se le quebró—. Tengo a tu madre que no camina, las facturas apiladas y ahora esto.

—Lo siento…

—No me pidas perdón a mí. Pídeselo a tus hijos cuando te pregunten dónde estabas.

El clic del fin de llamada fue un martillazo. Antonio, a pesar de estar prohibido allí dentro, fumó con caladas cortas.

—Navego para que coman… —murmuró—. Y navego para huir.

Se quedó mirando el humo subir como si de verdad pudiera taparlo todo.

Guardó el teléfono, pero no encontró dónde guardar la culpa. El pañol se le quedó pequeño, como si las paredes hubieran carenado hacia dentro. Necesitó aire, ruido, horizonte: algo que no tuviera apellido ni trimestre. Subió las escalerillas sin mirar a nadie, dejó que la noche lo acogiera, y buscó su sitio de siempre en estribor, ese lugar donde la oscuridad parece escuchar mejor que las personas.

La camareta de cabos olía a cerveza derramada y a tabaco rancio. Antonio apagó el móvil varias veces antes de decidirse a marcar. Juanillo dormía en su litera. Dos marineros seguían riendo con un chiste de guardia. Él se levantó despacio, como quien va al baño, pero en vez de girar a babor subió por la escala hacia cubierta.

Allí, en la zona donde todavía llegaba la señal de wifi del barco, encendió un cigarro y marcó. El viento de la noche le pegaba la camiseta húmeda al cuerpo.

—¿Diga? —la voz de su mujer sonó seca, sin saludo.

—Soy yo.

—Ya lo sé. ¿Qué quieres a estas horas?

—Hablar. —Antonio aspiró hondo—. No podía quedarme en la camareta con todos gritando.

—Será que allí estás mejor que aquí.

—No digas eso. Bueno, sí… a veces sí. Pero ahora no.

Se oyó un golpe metálico en cubierta; alguien pasaba más arriba. Antonio se movió unos pasos hacia la regala.

—Estoy cansada, Antonio. De todo esto. De esperarte, de que llegues y parezca que vienes de visita.

—Lo sé. Y por eso tengo que decirte algo. Algo que no te dije antes.

—¿Otra mentira más?

—No es mentira… es que callé. Lo de tu padre.

Silencio. Solo el viento en el auricular.

—¿Qué pasa con mi padre? —ella lo dijo despacio, como quien teme la respuesta.

—Que firmó de más. El bar… no fue solo un mal negocio. Avales, créditos… Cuando el socio se largó, se quedó con todo encima. Y yo… yo he estado pagando.

—¿Cómo que pagando?

—Con las comisiones, con lo que me daban por salir una y otra vez. Con eso cubría parte. Para que tú no tuvieras que saberlo, para que no cayera sobre ti.

Ella rió, una risa breve, rota.

—¿Y te crees que así me proteges? ¿Qué ocultándome la ruina de mi padre me hacías un favor?

—Yo solo quería que no te doliera.

—¿Y qué soy para ti? ¿Una niña a la que esconderle los problemas? ¡Era mi padre! Tenía derecho a saberlo.

Antonio se apoyó en la regala. El pitillo se le consumía entre los dedos.

—Si te lo decía, se rompía todo. Tu confianza en él, la casa, los niños… yo qué sé. Pensé que era mejor callar y tirar yo.

—Pues mira cómo estamos ahora. Rotas igual. No estabas, y cuando estabas, mentías.

Él cerró los ojos.

—Perdóname.

—No me lo pidas a mí. Pídeselo a tus hijos. A tu hija, que te ve como un extraño.

Antonio sintió un nudo en la garganta.

—He hecho lo que he podido.

—No, has hecho lo que has querido. —Silencio largo—. Me voy a dormir.

—Espera…

—No. Buenas noches, Antonio.

El clic del fin de llamada lo dejó solo, con el viento y el mar.

Antonio permaneció en la regala un buen rato, el móvil apagado en el bolsillo y el cigarro ardiendo hasta hacerle daño en los dedos. La cubierta vibraba bajo sus pies como un corazón ajeno, y el ron barato que había bebido en la camareta le soltaba la lengua por dentro, como si cada calada pudiera arrancarle una verdad.

Pensó en Juanillo, en la llamada, en la cara rota al escuchar lo de su hija. Pensó en la suya, con quince años y los ojos cada vez más esquivos. Pensó en su mujer, cansada de todo, y en su suegro, encogido de vergüenza aquel día en el salón.

“¿Qué soy yo en todo esto?”, se preguntó, sorprendido de la claridad con que la frase le salía. No héroe, no marido, no padre. Solo un hombre que huía a bordo de un barco que le daba identidad mientras en casa se caían las paredes.

El ron le dio otro empujón de valentía y la idea se le cruzó como un relámpago: sentarme con ella, llegar de navegar y pedir destino, que sea lo que Dios quiera, pero juntos.

Duró apenas un segundo, como esas luces lejanas en la mar que desaparecen en cuanto parpadeas.

Antonio apretó los dientes, tragó saliva y volvió a mirar la estela blanca, que se deshacía en la oscuridad igual que todo lo que dejaba atrás.

Sabía lo que tenía que hacer. Sabía también que quizá no lo haría.

Y en esa certeza doble, absurda y dolorosa, se quedó un rato más, con el humo del último cigarro subiéndole a la cabeza como un rezo que nunca se atreve a decir en voz alta.