Guardia nocturna en el estrecho de Bab el-Mandeb
En una guardia nocturna en el estrecho de Bab el-Mandeb, dos oficiales conversan sobre mando, vocación y el peso silencioso de la autoridad en la mar.
El silencio del Zafarrancho de combate.
La fragata navega en silencio de combate. No hay más ruido que el golpeteo regular de la hélice y el siseo del aire acondicionado luchando contra la humedad. La mar está en calma, pero la noche se abalanza sobre la superestructura como una losa negra.
El tránsito hacia el estrecho de Bab el-Mandeb siempre es igual: sofocante, denso, como si el mar entero conspirara para recordarle a la dotación que aquí, en este cuello de botella, cada buque es vulnerable. La distancia entre orillas se estrecha, la costa yemení arde en rumores, y el mar parece contener la respiración.
Dentro del CIC el aire huele a plástico caliente y a metal recalentado. Es un olor reconocible, mezcla de consolas, de cables, de café olvidado. La atmósfera está cargada, como si el propio aire vibrara al ritmo de las pantallas. Cada radar, cada sensor, cada trazado se superpone en una coreografía de luces. Afuera hay oscuridad absoluta; dentro, un amanecer eléctrico que nunca termina.
El TAO ocupa su asiento central. No se mueve más de lo imprescindible. No alza la voz. No lo necesita: en el CIC cada palabra debe ser corta, precisa, como un golpe seco de martillo.
A su derecha, el oficial de guerra antiaérea sostiene la vista sobre una pantalla que no deja de parpadear. Tiene apenas 24 años. Sus manos están firmes, pero su mandíbula se aprieta más de la cuenta, aunque deba de ser intuida por debajo del anti-flash. La traza aparece, desaparece, vuelve a aparecer en el borde del radar. No debería ser nada. Podría ser ruido atmosférico, reflejo de tierra… pero no lo es. Lo sabe. La nombra con voz baja, como quien teme que las palabras la conviertan en real:
—Posible traza, sector 110.
El operador del radar de superficie no se inmuta. Revisa sus datos, ajusta filtros, responde con calma, sin dejarse arrastrar por la sospecha:
—Nada en correlación. Sin eco en superficie.
Su voz tiene el tono de quien contrapesa la tensión ajena. Entre los dos, el supervisor de guardia escucha, inclinado hacia delante, sin levantar la voz:
—Mantener seguimiento. Asigna prioridad alta y clasifícalo como sospechoso.
Fuera, sobre la cubierta, el CROW permanece inmóvil. Sus sensores barren la oscuridad, invisibles para cualquiera que mire desde fuera. Es una promesa de seguridad y, a la vez, un recordatorio: si el sistema está despierto, es porque la amenaza es real.
El calor del mar Rojo se filtra en cada rincón del CIC. El sudor se acumula en las sienes de los marineros, ya que las plantas de aire acondicionado no rinden igual con una temperatura de la mar tan elevada, brillan bajo la tenue luz verde de las pantallas. Nadie se mueve más de lo imprescindible. Cada palabra pesa. Cada segundo se estira como una cuerda que amenaza con romperse.
De pronto, el oficial de guerra antiaérea insiste, esta vez con voz más firme:
—La traza repite. No es un eco falso.
El de superficie murmura como si hablara para sí:
—Si es dron, viene hacia nosotros, mantiene misma demora.
El silencio se clava en el CIC. Y mientras afuera, hacia el litoral yemení, destellos iluminan la noche —otro buque combatiendo en la distancia—, todos saben lo que significa: la guerra ya no es un rumor, es un eco que viaja por el mar y puede llegar hasta aquí.
El radar insiste. El eco del sector 110 aparece, se diluye y vuelve a repetirse con obstinación. El alférez de navío de guerra antiaérea siente la presión en las sienes. Respira hondo, ajusta filtros y canta el dato con voz clara:
—La traza se mantiene. Sector 110. Probable dron.
El de superficie levanta la vista un instante y responde con calma:
—Nada en correlación. Sin contactos asociados en superficie.
Las frases flotan en el CIC como piezas de un mismo rompecabezas. Nadie discute, nadie dramatiza. El supervisor de guardia marca el compás:
—Seguir en prioridad alta.
El oficial vuelve a fijar la vista en su consola, pero su mente se escapa a ráfagas. Apenas tiene veinticuatro años. Hace unos meses estaba en la Escuela Naval Militar, aprendiendo procedimientos en pizarras y simuladores. Hoy custodia la seguridad de un buque entero.
No debería pensar en nada más, pero lo hace. Recuerda a su novia: la última conversación antes de zarpar fue un reproche disfrazado de despedida. “No estoy hecha para esto, no sé si voy a poder contigo tan lejos, tanto tiempo”. Intentó sonreír, quitar hierro, pero sabía que ella no viene de este mundo. No es hija de marinos ni está acostumbrada a las ausencias. No como las parejas de otros compañeros, que ya entienden la vida en guardias y despliegues, aunque les duela. Con ella todo es más frágil, más nuevo, como un cristal a punto de quebrarse.
Él mismo tampoco venía de tradición militar. En su familia era el primer marino de guerra. Y aunque alguna vez dudó durante la formación, se sostuvo por dos motivos principales: la satisfacción de sus padres al verlo convertido en oficial y el alivio económico que supuso para ellos. Su padre nunca lo dijo en voz alta, pero con tantos hermanos la Escuela Naval era también una forma de librarse del peso de una carrera universitaria costosa. Esa mezcla de orgullo y responsabilidad lo empujó a esforzarse por salir con buen número de escalafón.
Ahora, sin embargo, las preguntas lo muerden en silencio. ¿Habrá encontrado de verdad la vocación? ¿Será toda su vida así: fuera de casa, ¿en puerto siempre corriendo entre alistamientos, cursos y calificaciones, pensando en si su antigüedad le dará para esto o aquello? Mientras, su novia solo le pedía una vida normal: una familia, varios hijos, criarlos juntos. Y él se pregunta, frente a la pantalla que late, si algún día podrá darle eso.
Sacude la cabeza y vuelve al radar. El eco insiste: no hay espacio para divagar.
El de superficie canta de nuevo:
—Contacto menor en sector 160. Pequeño, sin AIS.
El silencio es espeso. Todos saben lo que significa: puede ser pesca… o algo peor.
El TAO sentencia sin titubeo:
—Clasificar como sospechoso. Mantener seguimiento.
Un USV. La palabra no se pronuncia, pero queda flotando como una sombra.
El joven alférez de navío siente un escalofrío. Esto ya no es teoría. No es un ejercicio de aula. Cada dato puede significar una amenaza real contra la fragata. Piensa en sus padres: su madre, despierta en Cartagena con la televisión encendida; su padre, orgulloso pero inquieto, que siempre le repite “la Armada es dura, pero te hará hombre de verdad”. ¿Será capaz de sostener la satisfacción que vio en sus rostros? ¿Llegará a ser un buen oficial como los que ahora lo rodean en CIC, en el puente o en máquinas? Todos le parecen profesionales completos, entregados cada día, y él aún no está seguro de merecer estar entre ellos.
El TAO rompe el silencio:
—Atentos a 160. Coordinar con MSO.
Él nota un alivio extraño. Procedimiento. Pasos claros, voces cortas, engranajes que impiden que el miedo hable más alto que la razón.
Pero la tranquilidad dura poco. En el fondo resuena otra tensión: el jefe de operaciones. Desde que embarcó, ha tomado las riendas invisibles del barco. Con la confianza absoluta del comandante, desplaza al segundo y rompe inercias con frases secas: “Aquí siempre se ha hecho así”. Su estilo desconcierta: menos jerarquía, más personalismo.
Los alféreces de navío no comprenden esas maniobras, pero las perciben, son jóvenes, pero no estúpidos. Lo ven en las miradas de los veteranos, en los silencios que dejan las conversaciones en la cámara cuando él entra. Y siente la incomodidad de ser nuevo, de no saber aún si debe admirarlo por su fuerza o temerlo por su forma de dividir.
Un pitido lo arranca de golpe. El contacto 160 ajusta rumbo hacia la fragata.
—Rumbo convergente. Confirmado.
El CIC se tensa como una cuerda.
El que aún se siente prácticamente alumno, pero con su despacho ya entregado y desplegado de misión real, aprieta la mandíbula. Ya no piensa en su novia, ni en sus padres, ni en los juegos de poder. Su mundo se reduce al radar, a un punto que parpadea, y a la certeza de que toda una fragata depende de que él no falle.
El USV y la acción
El contacto en demora 160 no se aparta. Mantiene rumbo directo, o mejor dicho mantiene demora, hacia la derrota de la fragata dando CPA (closest point of approach) de 0. En el CIC nadie lo dice, pero todos lo saben: ya no es sospechoso, es hostil.
El TAO no vacila:
—Clasificar como amenaza. Preparar artillería.
La orden corre por los auriculares de cada una de las consolas como un latigazo. En cubierta, los sirvientes del 76 mm cargan; en las bandas, las 25 mm y las 12,7 toman posiciones.
Nuestro joven amigo, sentado cada más con seguridad y peso en su consola de superficie canta los datos con la voz cada vez tensa, sabiendo la responsabilidad que ello conlleva:
—Velocidad constante, rumbo directo. Distancia dos millas.
El de antiaérea escucha, siente el sudor bajarle por la espalda, pero no aparta la vista de su radar. Su propia voz sale firme, contra lo que esperaba:
—Sin correlación aérea. La amenaza principal es superficie.
El TAO, sabiendo que tiene la orden deleagada del comandante, confirma con un gesto seco.
—Abrir fuego.
El cañón ruge. Un fogonazo corta la noche y hace temblar el casco entero. El ruido se siente en el estómago, en las costillas. En el CIC, el estruendo llega amortiguado, pero suficiente para que todos sepan que ya no es un ejercicio: la fragata está disparando contra un blanco real.
—Impacto próximo. El contacto se mantiene.
Segundo disparo. Luego un tercero. En la pantalla del alférez de navío de la guerra de superficie, la traza vacila, cambia rumbo.
—Impacto, parece que reduce velocidad o la pierde totalmente. Mantiene flotabilidad, el crudo sigue ahí.
La voz del TAO es un látigo:
—Fuego. Vamos a eliminar por completo la amenaza.
Un nuevo fogonazo. El CIC entero vibra. El olor a pólvora, aunque filtrado, parece colarse en los pasillos. El oficial de antiaérea, que no tiene que cantar nada en este momento, siente una punzada de orgullo extraño. Ha sido instruido y adiestrado los años de escuela para esto, para ver cómo las piezas encajan, cómo el engranaje responde con precisión. Y aunque sabe que es serio, que es mortal, por dentro también siente esa chispa: esto es real, estamos combatiendo y lo estamos haciendo bien.
El supervisor canta:
—Contacto 160 neutralizado. Confirmado hundimiento.
Las palabras llenan la sala como un peso que cae. No hay aplausos. Nadie sonríe. Pero los alféreces de navío se miran un segundo, y aunque no dicen nada, ambos saben lo que siente el otro: una descarga de adrenalina, miedo y satisfacción en partes iguales.
El TAO no da tregua:
—Atentos al sector 110. CROW en seguimiento.
El eco aéreo sigue ahí, acercándose, como recordando que esto no ha terminado.
En guerra antiaérea se obliga a retomar su papel. Siente la garganta seca, el pulso acelerado, pero la mirada fija. Ha vivido su primera acción real, ha visto a la fragata abrir fuego de verdad. Y, aunque no lo confiese en voz alta, una parte de él lo ha disfrutado.
En el CIC no hay tiempo para reflexiones. Solo datos, solo novedades que dar en los diferentes circuitos que el TAO y el teniente de navío más antiguo están cubriendo. Pero en lo profundo de su pecho, el joven oficial sabe que esta noche lo marcará para siempre.
El dron y el ScanEagle
El eco aéreo del sector 110 avanza decidido. Ya no es un destello intermitente: la traza es firme, sólida, convergente.
—Contacto aéreo mantiene rumbo directo. Probabilidad alta: dron hostil.
El TAO ordena activar el CROW. Afuera, en cubierta, el sistema despierta: antenas giran, inhibidores buscan la frecuencia enemiga, sensores ópticos peinan la negrura.
Desde guerra antiaérea siente la tensión recorrer el CIC como un chispazo. Sabe que el CROW es nuevo en la fragata, que aún no todos confían en él. Pero ahora es su primera línea de defensa.
En paralelo, llega otra voz:
—SOMBRA (distintivo del ScanEagle, RPAS embarcado) tiene visual. Posible contacto de superficie.
El alférez de navío de guerra de superficie gira la cabeza hacia la pantalla auxiliar. Allí, en imagen EO/IR, aparece un borrón luminoso en mitad de la mar negra. La nueva carga útil llamada ViDAR lo resalta por variación de píxeles: un movimiento anómalo, demasiado rápido para ser pesca.
—Confirmado: embarcación pequeña, rumbo convergente.
El joven oficial traga saliva. Dos amenazas. Aire y mar. De nuevo.
El CROW lanza inhibición contra el dron. En el radar, la traza vacila, como si perdiera aliento. Todos contienen la respiración. Por un instante parece que va a caer. Pero no. Se recompone y sigue avanzando.
—CROW ineficaz. El dron mantiene.
El supervisor no deja espacio a dudas:
—Preparar fuego antiaéreo.
En cubierta, el cañón se alinea hacia el cielo invisible. Dentro, los operadores de superficie siguen con el ScanEagle: el EO/IR muestra ya la estela blanca de la lancha en aproximación.
La sala es un hervidero, la guerra antiaérea es otro ritmo al compás de las velocidades de los contactos. Voces rápidas, cortas, medidas. Los alféreces de navío sienten la sangre hervirles en las venas. Están exhaustos y eufóricos al mismo tiempo. Es como correr en la oscuridad: miedo y placer mezclados.
El comandante entra en el CIC. Su sola presencia basta para imponer otro tipo de calma. Se acerca al TAO, lo mira a los ojos y dice apenas:
—Decisiones limpias. Que nadie dude.
El chaval sentado en la consola de guerra antiaérea, porque eso es lo que es quizás con una madurez mayor que la media pero un chaval, percibe el peso de esas palabras como un martillo. Mira la pantalla. El dron sigue. La lancha también. Los sistemas están listos. Un segundo más, y la fragata abrirá fuego por segunda vez en la noche.
Siente el sudor frío bajándole por la espalda. Y a la vez, una certeza extraña: está en su sitio, en el lugar exacto para el que se preparó.
Clímax contenido y cruce
El CIC es un torbellino contenido. Los cañones listos, el CROW saturando el aire, SOMBRA transmitiendo en tiempo real. Dos amenazas —aire y mar— avanzan convergentes.
Todos notan cómo el casco vibra bajo sus pies, aunque aún no ha sonado el primer disparo. La orden está a punto de caer. Respira hondo, repite mentalmente el procedimiento: pasos claros, nada de titubeos.
El TAO abre la boca, dispuesto a dar el visto bueno. En ese instante, la traza aérea vacila. En el radar, el dron vira bruscamente hacia la costa y se desvanece. Un murmullo recorre la sala. El supervisor confirma:
—Contacto aéreo rompe y cae a rumbo de alejamiento. Se retira.
A la vez, en la imagen infrarroja del ScanEagle, la lancha en superficie reduce velocidad, cambia de derrota y se aleja. El alférez de superficie canta con voz seca:
—USV modifica rumbo. En alejamiento.
Durante unos segundos nadie dice nada. El CIC se queda en silencio, con la adrenalina aun, zumbando en las venas. El comandante observa las pantallas, cruza los brazos y habla en tono neutro:
—Continuar tránsito. Mantener vigilancia.
La fragata sigue su derrota. El estrecho se estrecha aún más, como una garganta oscura que amenaza con cerrarse sobre el buque. Los vigías en cubierta no se mueven; las consolas mantienen el zumbido constante. Cada respiración sigue medida.
Y de pronto, tras minutos que parecen horas, el mar se abre. La proa asoma al Golfo de Adén: espacio abierto, aunque nadie lo percibe como alivio. No hay vítores. No hay sonrisas. Solo un silencio espeso, el eco de lo que pudo haber sido.
Nuestro joven amigo se queda con la vista fija en su consola, como si no pudiera apartarse del punto que ya no existe. Siente que ha envejecido años en una sola guardia. No se lo dice a nadie, pero lo sabe: la patria, esa noche, se defendió conteniendo el aliento, a punto de abrir fuego, y avanzando sin que el mundo lo supiera.
La cámara de oficiales
El Zafarrancho se levanta. El CIC vuelve al ritmo de guardia normal. La fragata ya navega en aguas más abiertas del Golfo de Adén, aunque nadie se engaña: la calma es solo provisional.
El alférez de navío de guerra antiaérea camina junto a su compañero de superficie por los pasillos estrechos. Llevan el cuerpo tenso, como si aún siguieran en la consola. Al llegar a la cámara de oficiales, se sirven dos cervezas frías y se dejan caer en las sillas. Durante unos segundos no dicen nada; solo beben.
El de superficie rompe el silencio:
—¿Has visto al jefe de operaciones? No me ha gustado el tono.
Su colega asiente, con la botella aún en la mano.
—Sí… lo noté igual. La mirada perdida, vacilando. En el periodo de certificación estaba más fuerte, más seguro. Hoy parecía otra persona.
—Bueno, también hay que decirlo: si es la voz del comandante, será por algo. Nadie le da esa confianza porque sí.
Su compañero da otro trago, más largo. Mira a su colega y baja la voz:
—Ya, pero no sé… me afecta cómo se comporta. En la cámara siempre está criticando, siempre con esa forma de hablar que divide. Yo pensaba que un oficial debía atraer, no ahuyentar. No creo que seamos solo una profesión, unos técnicos de guerra naval. Lo digo porque incluso yo me lo pregunto: ¿seré capaz de llegar a ser como esos magníficos oficiales de la Armada que hicieron grande a España? No los de los libros ingleses o franceses, sino los nuestros. La vocación no es solo táctica: es que sepan que eres marino sin necesidad de abrir la boca, por tu saber estar, por tu forma de caminar, por la seguridad de quien pisa cubierta con los pies firmes.
Hace una pausa, como si pensara en voz alta, y concluye:
—Para mí, un oficial de la Armada no es solo alguien que sabe de táctica o maneja consolas: es un hombre de virtudes, alguien que une competencia con altura moral; que manda con prudencia, resiste con fortaleza, se gobierna con templanza y trata con justicia a los suyos. Solo así, siendo ejemplo, puede de verdad guiar a la dotación y servir a España.