Lo que el mar esconde
Una historia sobre soledades compartidas, moral a la deriva y esa frontera difusa entre el deber y el deseo. Lo que ocurre en un barco no es tan distinto de lo que pasa en tierra: solo se ve más claro.
—Mira esas fachadas, parecen un decorado de cine —dijo el cabo primero Jiménez, inclinando la cabeza hacia los balcones de hierro retorcido. La pintura se caía a escamas y la humedad había ennegrecido las paredes, pero todavía conservaban un aire de grandeza colonial.
—Más bien parecen las ruinas de un decorado —respondió la cabo primero García, con media sonrisa—. Todo es hermoso y triste a la vez.
El grupo avanzaba por una calle semiasfaltada que de pronto se convertía en tierra rojiza. Un charco reciente les obligó a bordear hasta casi tocar los puestos del mercado. Allí, el aire era un torbellino de olores: vainilla en vainas, especias, y montones de café y cacao brillantes.
—Huele fuerte, ¿eh? —dijo Morales, el cabo segundo, aspirando con cautela—. Como si hubieran encendido cien sahumerios a la vez.
—No, hombre —lo corrigió Jiménez, levantando un manojo de clavo y acercándoselo a la nariz—. Esto es lo bueno: especias puras. Nada que ver con los sobrecitos del súper.
—Sí, pero ojo —intervino García, burlona—. Que aquí lo que no mata de olor, te mata de otra manera. Como pruebes ensaladas lavadas con agua del grifo, ya verás dónde acabas. Hasta el café dicen que te puede sentar mal si no lo hierves bien.
Un grupo de niños se acercó ofreciéndoles pulseras de cuentas de colores y algunas camisetas falsas de equipos de fútbol europeos.
—Hello, mister! Bracelet, bracelet! —gritaban, en un inglés improvisado, casi musical.
Morales compró tres de golpe.
—Para mis hijas —dijo, encogiéndose de hombros.
—¿No eran dos? —lo pinchó Jiménez.
—Dos… y otra para mí. —La sonrisa le salió torcida, como si se excusara.
Jiménez soltó un resoplido breve, casi una risa por la nariz, y giró la cabeza hacia el mercado, como quien prefiere no hacer preguntas.
Un tuk-tuk rojo apareció de pronto, con el conductor agitando la mano. Llevaba una gorra de béisbol descolorida y una dentadura descuidada que dejaba ver más huecos que dientes, gritó algo en francés y se abrió paso a trompicones.
—¡Coño, que nos llevan por delante! —rió García, apartándose a tiempo.
—Pégate a mí, que estos no frenan —dijo Jiménez, tirando de ella del brazo.
El contraste era brutal: a un lado, el mercado improvisado, con mujeres descalzas vendiendo piñas y racimos de lichis sobre esterillas; al otro, carteles en francés e inglés anunciando resorts “all inclusive” con piscinas infinitas y fotos retocadas de playas blancas.
—Una noche en esos hoteles vale lo mismo que un mes entero de nómina —comentó García, señalando un cartel.
—Y seguro que a los turistas les dicen que están en “el paraíso virgen” —replicó Jiménez, sacudiendo la cabeza—. Mientras, aquí fuera, las calles ni asfaltadas están.
Se detuvieron frente a un tenderete de frutos secos. El vendedor, con sonrisa amplia, les ofreció probar. Jiménez cogió un trozo de papaya y lo masticó con aire desconfiado.
—Esto sí que tiene sabor —dijo.
—O diarrea garantizada —contestó García, divertida.
—Siempre exageras —replicó Jiménez, y el cruce de miradas entre ambos duró un segundo más de lo normal.
Avanzaron hasta una avenida más amplia, donde los tuk-tuk competían a bocinazos con viejos Renault destartalados. Las casas conservaban contraventanas de madera pintadas de azul y verde, algunas caídas, otras colgando de un clavo oxidado.
—¿Sabes lo que me recuerda esto? —preguntó Jiménez—. A un Cádiz que hubiera envejecido sin pintura ni astilleros.
—Cádiz tiene más gracia —rió García—. Aquí lo que tienen es más polvo.
Entraron en un restaurante medio abierto, con mesas de madera bajo un toldo deshilachado. La dueña los recibió con un “¡bonsoir, mes marins!” que les arrancó una carcajada.
—Ya ves, aquí sí que saben a quién dirigirse —murmuró Jiménez.
—A los que traen la sed —añadió García, pidiendo tres cervezas locales.
Las botellas de cerveza local llegaron heladas, perladas de gotas. Brindaron sin solemnidad, con esa alegría ligera de los días libres en puerto.
—Por Madagascar —dijo García.
—Por lo que nos queda de misión —añadió Jiménez.
—Por volver sanos a casa —cerró Morales, con un tono más grave que los demás.
García y Jiménez chocaron las botellas con una sincronía extraña, casi como un reflejo aprendido. Morales tuvo está sensación por segunda vez, pero no dijo nada.
Más tarde, al salir otra vez a la calle, el bullicio era distinto. Bombillas desnudas colgaban de cables torcidos. Risas, motos y tuk-tuk con luces de colores. Frente a un local pequeño, tres mujeres llamaban con la mano, sonrisas ensayadas. Jiménez y García se miraron y pasaron de largo.
—Nosotros no necesitamos eso —dijo ella, seca.
—Ya tenemos lo nuestro —asintió él, con media sonrisa.
Morales, en cambio, se detuvo. Una de las mujeres le habló en francés atropellado, salpicado de inglés. Él no entendió casi nada, pero la sonrisa bastaba. Dudó. Jiménez lo tiró del brazo.
—Vamos, hombre.
—Ahora voy… —respondió él, apartando la mano con suavidad.
En la esquina, García se volvió y lo vio entrar al local.
El restaurante era poco más que un cobertizo con mesas de madera bajo un toldo remendado. El foco destartalado que alumbraba sobre la barra, lanzando un círculo amarillento que apenas vencía a la noche. La mujer lo llevó hasta una mesa del fondo, apartando una silla con gesto invitador.
Morales se sentó incómodo, como si todo el mundo lo observara. Ella sonrió, pidió algo en malagasy con voz cantarina, y en minutos aparecieron dos platos de pescado a la brasa con arroz y un par de botellas de cerveza local.
—Esto sí que es vida —murmuró él, probando un bocado—. Mejor que el rancho del barco, desde luego.
Ella no respondió, pero sonrió con amplitud, inclinando la cabeza.
—¿Tienes familia? —preguntó Morales, sin pensar.
La mujer asintió despacio, señalándose a sí misma y luego extendiendo la mano como si contara niños invisibles.
—Maro…—dijo, una palabra que él no entendió, aunque supuso que significaba “muchos”.
—Yo también. Bueno, uno. Un hijo. —Morales bajó la voz, y se obligó a sonreír—. Seis años.
Ella lo miró sin comprender, pero apoyó la mano en su brazo, como aprobando lo que fuera que había dicho. Ese contacto, aunque breve, le produjo un escalofrío inesperado.
—¿Sabes? —continuó—. Cuando estoy en el barco… me siento vacío. Como si me tragara el acero.
La mujer bebió un sorbo de cerveza, asintiendo con gesto exagerado, como quien no entiende, pero quiere agradar.
Durante la cena, él habló más de lo que solía. Le contó fragmentos de su vida: que en su casa el ambiente era distinto, lleno de voces pequeñas y del ruido de la tele; cosas de su familia y del barco.
Ella lo escuchaba inclinando la cabeza, sonriendo. No había diálogo real, pero Morales sintió que era la conversación más íntima que había tenido en meses.
Al terminar, caminaron juntos por la calle polvorienta. Los tuk-tuk pasaban despacio, iluminando con luces trémulas los puestos que aún quedaban abiertos. El aire olía a carbón apagado y a especias dulzonas. Morales le habló como si hablara consigo mismo.
—No sé si soy un buen padre. Ni si soy un buen marido. Pero lo intento. —Hizo una pausa—. A veces pienso que no soy nadie, solo un hueco que otros llenan.
Pasaron frente a un puesto donde colgaban vestidos baratos de colores vivos. Ella se detuvo, miró uno rojo y luego lo miró a él.
—¿Quieres? —preguntó, aunque sabía que no lo entendería.
Ella sonrió, asintió, y se probó el vestido sobre la ropa, levantando los brazos para que cayera suelto. Giró sobre sí misma como una niña. Morales rió nervioso y pagó al vendedor.
Mientras caminaban de vuelta, ella le cogió de la mano con naturalidad. No había palabras, solo gestos. Él sintió el calor de esos dedos finos y se dijo que eso bastaba. Que, aunque fuera mentira, esa noche no estaba solo.
De regreso al barco, la mentira le latía en el bolsillo como un secreto mal guardado.
—¿Qué ha hecho este tío? —preguntó García en voz baja.
—Déjalo —respondió Jiménez, encogiéndose de hombros—. Cada cual busca lo suyo.
—¿Y vosotros no os animáis al Mar Esmeralda? —preguntó Torres a un cabo primero recién salido del turno de combustible. Tenía la camisa pegada a la espalda, el sudor marcando manchas oscuras bajo los sobacos. Aun así, sonreía, con la energía de quien sabe que le espera descanso.
—Ni de coña —respondió Jiménez, sacudiéndose el pantalón lleno de polvo—. Ya fuimos la otra vez.
—Pues yo no pienso perdérmelo —replicó Torres—. En la lancha ya me esperan otros cuatro. Playa blanca, agua verde como botella, pescado a la brasa… ¿Qué más quieres?
García rió, ajustándose la gorra.
—Lo que quieres es presumir de fotos para mandárselas a tu novia.
—¿Y qué? —Torres levantó los hombros, divertido.
Se despidió con un gesto rápido y echó a andar hacia el muelle.
Jiménez lo siguió con la mirada, luego suspiró.
—Mira que me gusta el mar, pero a veces…
—Anda, no te quejes —lo interrumpió García—. Tenemos que volver a relevar a los nuestros con los camiones.
—Un infierno —gruñó él—. Con la poca presión que traen, vamos a tardar horas en meter tanto combustible.
Otro cabo, que salía del barco para dormir fuera al mismo tiempo, escuchaba sin decir nada. Torres se había referido a ellos como “vosotros”, así, en bloque, como si fueran inseparables. No era la primera vez que lo oía. Jiménez y García lo habían despachado con naturalidad, pero la palabra le quedó resonando.
El puerto hervía. En la zona militar, camiones cisterna entraban y salían con lentitud. Los marineros aguardaban a pie de muelle, camisa empapada, maldiciendo en voz baja.
—Esto es como llenar una piscina con un cubo agujereado—resopló uno.
Jiménez y García tomaron el relevo, encajando con naturalidad en el engranaje de la guardia. Entre ambos se entendían con una sola mirada: uno abría, el otro aseguraba, como si llevaran años trabajando juntos. Nadie diría que eran solo compañeros de destino.
Morales regresó a bordo cuando ya se preparaban para zarpar.
El barco soltó amarras al caer la tarde del cuarto día de su estancia en Antsiranana de Madagascar. Dos noches después, en mar abierto, Morales se encontró con Jiménez y García en el saltillo de popa. La brisa traía olor a humo de los escapes. El cielo estaba despejado, con estrellas que parecían más cercanas que en tierra. Allí iban los que querían fumar sin dar explicaciones, los que necesitaban un respiro a salvo de oídos curiosos.
Aquella noche, el mar estaba en calma y apenas llegaba el ruido de la máquina. Jiménez y García estaban ya sentados, compartiendo un cigarro, cuando apareció Morales, cabizbajo, con los hombros hundidos.

—Buenas —murmuró, dejándose caer en el banco frente a ellos.
Jiménez le tendió el mechero sin preguntar. Morales lo cogió con manos temblorosas, encendió su pitillo y aspiró con fuerza, como si el humo pudiera barrerle las dudas.
Pasaron unos segundos sin decir nada. Solo se oía el crujido del barco y el chisporroteo de las brasas. Al fin, García habló:
—Dicen que en los de sanidad han tenido cola toda la tarde. Que parecía la pescadería del mercado.
Morales evitó la mirada.
—Sí. Mucha gente con cagalera.
Jiménez sonrió de medio lado.
—Pero tú no tienes cara de haber pillado nada de eso, ¿no?
El silencio pesó como plomo. Morales apartó la vista hacia el mar, la oscuridad salpicada de luces tenues.
—Yo… tuve compañía en Madagascar.
—Ya lo sabíamos —respondió García con naturalidad, como quien confirma una sospecha sin importancia.
Morales se removió en la bita donde estaba sentado, apretando el cigarro entre los dedos.
—No fue… no fue lo que pensáis. La invité a cenar, a pasear, le compré un vestido en el mercado.
—Claro —dijo Jiménez, expulsando humo—. Y ya está, ¿no?
La risa breve de García resonó como un eco. Morales no contestó.
—Tengo mujer. Y un hijo —soltó de golpe, como quien escupe una verdad que duele.
Ninguno de los otros dos se sorprendió. García asintió despacio, sin reproche.
—Eso ya lo sabías antes de entrar en puerto.
Morales se cubrió la cara con las manos.
—He pasado por la enfermería —dijo al fin—. El enfermero dice que si no mejora mi situación me cambian el tratamiento, y el médico ha soltado que si se complica me bajan en el próximo puerto.
—No quiero que se enteren. Si me mandan para España así, mi mujer lo sabrá antes de que yo llegue.
Jiménez lo miró con calma, casi con ternura.
—Se lo dirás. O no. Eso ya es cosa tuya.
Morales levantó la vista, incrédulo.
—¿Y vosotros? ¿Cómo podéis hablar así, como si no pasara nada?
García se encogió de hombros.
—Porque para nosotros no pasa nada. Aquí tenemos lo nuestro. Allí, cada uno a su vida.
Morales abrió la boca, sin palabras. Jiménez lo miró con calma, casi con ternura.
—Lo importante es que todo el mundo lo sepa. Si tu mujer lo sabe, y tú lo sabes, entonces no hay traición. Es un pacto.
Morales se quedó helado. La naturalidad de esas palabras le golpeó más que cualquier reproche.
Callaron como si el aire se hubiera vuelto sólido. Morales tragó saliva, sintiendo que su propio pecho se estrechaba.
—Joder… —susurró al fin—. Tenéis estómago para decir que queréis a vuestras parejas en tierra y vivir así aquí.
—Lo de a bordo, a bordo. Y ya.
—Aquí pasa lo que pasa. En casa, otra historia.
Morales bajó la cabeza. En la toldilla, la complicidad de ellos dos parecía tan sólida como el hierro del casco. Su soledad, en cambio, era un vacío imposible de llenar.
A la mañana siguiente, la enfermería parecía un mercado en hora punta: olía a mezcla de cloro y vómito. El brote de gastroenteritis había desbordado a todo el personal. Había marineros haciendo cola con las manos en la tripa, un cubo de plástico en cada esquina. El enfermero y los cabos sanitarios, uno de ellos improvisado por la presión de trabajo puntual, iban corriendo de un lado a otro.
—¡El siguiente! —gritó el enfermero.
Un marinero entró tambaleándose, riendo nervioso.
—Ya os dije que la ensalada no era buena idea.
—Pues la mía estaba cojonuda —le respondió otro, desde la cola—. El problema es que aquí todo lo lavan con agua de grifo.
Las carcajadas se mezclaron con el sonido seco de alguien devolviendo en el cubo.
Morales estaba allí, encogido en un rincón, esperando su turno. Pero lo suyo no era risa. Lo suyo era distinto. La diarrea de los demás había amainado en un par de días. Lo suyo seguía ahí, punzando con cada visita al baño. Cada vez que alguien se doblaba de dolor, él sentía que lo miraban a reojo, como si su caso escondiera otra historia.
—Ese no está con apretones —susurró un marinero por lo bajo, creyendo que no lo oía—. Lo suyo es otra cosa.
Morales se revolvió. Alcanzó a ver de reojo cómo dos cabezas se inclinaban juntas, como si compartieran un secreto, y clavó la vista en el suelo.
Cuando al fin le tocó, el enfermero lo examinó con gesto serio.
—¿Sigues igual?
—No sé si incluso peor…me duele muchísimo al orinar y el aspecto es peor.
—Pues entonces no hemos acertado con el tratamiento o se está complicando. Voy a hablar con el médico.
Él asintió en silencio. Salió de la enfermería con la certeza de que todos lo habían visto.
Esa noche, sentado en una de las bitas de la cubierta de vuelo, con los auriculares puestos, vio al fin la cara de su mujer en la pantalla de su teléfono. La señal se cortaba a ratos, pero era suficiente.
—¿Cómo estáis? —preguntó él, esforzándose por sonar normal.
—Bien. El niño ya duerme. Hoy marcó dos goles en el recreo, estaba contentísimo.
Morales sonrió, aunque la sonrisa se le torció.
Ella habló de cosas pequeñas: la compra del supermercado, una vecina que se había mudado, el coche que había dado un fallo. Morales asentía, murmuraba monosílabos. Apenas la escuchaba.
—¿Estás bien? —preguntó ella de repente, frunciendo el ceño.
—Sí, sí. Cansado, ya sabes… la guardia, el calor.
—Vale. Te noto raro.
Él tragó saliva.
—Será la conexión. Aquí va fatal.
Ella rió con suavidad.
—Como siempre. Bueno, descansa. Mañana te llamo.
Colgó antes de que pudiera preguntar nada más. Se quedó mirando la pantalla en negro, con las manos temblorosas.
La noche era húmeda, el cielo tachonado de estrellas. Se arrimó a una de las redes de vuelo, a modo de barandilla, apoyó los codos y cerró los ojos. El barco avanzaba con su rugido constante, indiferente a su angustia.
“Todos lo saben. Ella lo sabrá también. Solo falta el cuándo”.
Le ardía el pecho. Imaginaba a su mujer leyendo un mensaje en el grupo de WhatsApp de las familias: “¿Sabéis que han tenido que evacuar a Morales?”. La veía con el móvil en la mano, pálida, intentando fingir normalidad delante del niño.
Un golpe seco de puerta lo sobresaltó. Se giró. Un par de marineros pasaban charlando, riendo, sin prestarle atención. Morales los observó hasta que desaparecieron por el pasillo. Entonces apoyó la frente contra la barandilla.
—No puedo —susurró.
El viento le trajo un eco lejano de risas desde la toldilla. Allí estarían Jiménez y García, fumando tranquilos, ajenos a todo. A ellos no les pesaba nada. Lo suyo era un pacto sencillo: “lo de a bordo se queda a bordo”.
El médico lo citó de nuevo al amanecer. Morales entró en la enfermería entregado, el uniforme arrugado y el sudor pegado a la frente. El médico no necesitó explorarlo mucho: el gesto severo bastó.
—No ha mejorado usted nada. Voy a proponer que lo evacúen.
No dijo nada. Solo asintió.
Las palabras cayeron como plomo. Morales abrió la boca para protestar, pero solo salió un hilo de voz:
—Puedo aguantar…
—No es cuestión de aguantar. —El médico cerró la carpeta—. Es cuestión de salud. Y de seguridad. Si esto se complica en alta mar, no podremos ayudarle.
Morales bajó la cabeza. El zumbido de los fluorescentes lo ensordecía. El enfermero lo observaba desde un rincón, sin decir nada. Sabía que esa conversación no necesitaba testigos adicionales.
—Prepare sus cosas —añadió el médico—. Lo más probable es que lo desembarquemos en el próximo puerto, con enlace aéreo al Hospital Central de la Defensa.
Morales asintió, sintiendo que las piernas no le sostenían.
Al salir, las murmuraciones ya lo esperaban. En los pasillos, las conversaciones se apagaban cuando él pasaba.
Una risa contenida le atravesó como un cuchillo.
En cubierta, un marinero comentó a otro:
—Ya ves, cuatro meses de misión y palmando por una noche en Madagascar.
Morales se mordió los labios hasta hacerse sangre.
Aquella tarde buscó refugio en la toldilla. Jiménez y García estaban allí, fumando tranquilos. Morales se sentó con ellos, los hombros caídos, el rostro desencajado.
—El médico va a proponerle al comandante desembarcarme en el próximo puerto —dijo, sin rodeos.
Jiménez aspiró el humo y soltó el aire despacio.
—Bueno, peor sería que empeorase aquí.
—No lo entiendes —replicó Morales, con la voz quebrada—. El rumor va a llegar antes que yo.
García lo miró, sereno.
—Pues díselo. Mejor de tu boca que de la de otro.
Morales se echó hacia adelante, apretando la cabeza entre las manos.
—No puedo. No tengo palabras.
Un mutismo denso lo envolvió. El mar golpeaba suave contra el casco. Morales alzó la vista, buscando un gesto de comprensión. Lo único que encontró fue la calma imperturbable de sus compañeros.
Jiménez encendió otro cigarro.
Morales los miró con incredulidad.
—¿Cómo podéis vivir vosotros así? Decir, que queréis a vuestras parejas en tierra y… ¿y hacer esto aquí?
—Fácil —dijo García, sin alterar la voz—. Porque lo tenemos claro. No hay engaño si todos sabemos de qué va.
Morales sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Lo que para él era una losa insoportable, para ellos era rutina.
Al día siguiente, la orden se hizo oficial: repatriación médica en el siguiente puerto. La dotación recibió la noticia por el boca a boca, lo que solo hizo confirmar los comentarios que había empezado a correr días antes.
En el comedor, alguien comentó:
—Pobre diablo.
—Pobre, nada. Se lo buscó.
Morales comió callado, incapaz de levantar la vista del plato. El arroz le sabía a polvo.
Cuando al fin llegó el momento, el enfermero lo escoltó en un coche. Tenía la bolsa con sus cosas en la mano, ligera y a la vez insoportable.
Los marineros se apartaban a su paso, algunos con miradas de compasión, otros con sonrisas veladas. El rumor había ganado: ya no era un secreto, era historia colectiva.
Antes de subir, Morales miró una última vez hacia la toldilla. Allí estaban Jiménez y García, fumando, como siempre. Le hicieron un gesto breve con la mano, sincero, sin reproche. Como si nada hubiera pasado.
Él bajó la vista y se metió en el coche.
“Yo me hundo con mi mentira. Ellos flotan con la suya.”