No hay rutina que aguante cuando la mar se empeña

Entre pantocazos, averías latentes y órdenes que alteran la vida cotidiana: el peso del mando, las tensiones jerárquicas....

No hay rutina que aguante cuando la mar se empeña

Máquina y conciencia

El casco entero gimió como si fuera de madera vieja, aunque se tuviera confianza en su aguante no dejaba de ser una realidad la cantidad de años y días de mar que este buque acumulaba. Un pantocazo seco, brutal, recorrió las cubiertas desde la proa hasta la máquina, donde todo resonaba amplificado: las bombas vibraron en su anclaje, las válvulas soltaron un bufido metálico y una de las luminarias parpadeó como si también acusara el golpe.

El jefe de máquinas se agarró a la barandilla, apretando la mandíbula. Llevaba años habituado a esas sacudidas, pero con cada sacudida le venía a la mente la misma idea: el acero también tiene sus límites.

En esto el brigada de cargo de la máquina principal, que también estaba curtido con sus más de 30 años en la mar, pasó junto a él, y habiendo observado los mismos ruidos que su jefe de máquinas, ordenó al cabo de la vigilancia:

—Revisa el generador auxiliar —ordenó el brigada al cabo sin levantar la voz.

El muchacho salió disparado entre el calor y el ruido. El jefe anotó mentalmente los sonidos que no cuadraban. Pequeñas anomalías que, con mar calma, no irían a más, pero que con cada golpe contra la ola podían convertirse en avería seria.

—Un día nos partimos por la mitad… —murmuró para sí, con ese humor agrio que nadie escucha.

Se inclinó hacia la bancada del motor de babor, escuchando un zumbido nuevo.
—Esto con la mar en calma no pasa… —dijo en voz baja, como si hablara con el propio motor—. Pero ahora cualquier cosa se convierte en avería seria, ¿eh?

La barandilla estaba empapada de condensación. La humedad chorreaba como si el barco estuviera más sumergido que a flote. Otro pantocazo, otro rugido del acero. Y con él, una voz que no estaba allí.

El jefe de máquinas cerró los ojos un instante, y entonces volvió a escucharla.

La memoria se le coló entre los oídos como un eco impertinente. Era la voz de su mujer, aquella noche en la cocina, con los niños ya dormidos y ella con la mirada fija en la mesa. Él había intentado explicarse, como siempre: que era su deber, que no podía negarse, que no era cuestión de elegir. Ella había respondido con un silencio que le dolió más que cualquier reproche.

—"No necesitábamos más ausencias, ¿lo entiendes? No después de lo que ha pasado…”

El jefe de máquinas apretó los dientes.

—Como si a mí no me hubiera dolido, María… —susurró al vacío—. ¿Qué crees, que no era mi hijo también?

Cerró los ojos, y el reproche seguía vivo:

—"No me importa tu deber. Me importa que nunca estás aquí.”

—Y yo qué… —se mordió el labio—. Yo qué iba a decirte. Que es mi deber, que hay que seguir. Palabras gastadas, siempre las mismas.

Se inclinó sobre el manómetro, hablando en voz baja, casi para él solo:

—Todo marca normal… pero yo sé que no lo está. Igual que en casa. Todo parece estable, pero no lo está.

El cabo regresó con la novedad, pero al no ver al suboficial y encontrarse de frente con el jefe de máquinas, se la dio a él:

—Nada grave, por ahora.

—Asegura mejor el acceso al compartimento, no vaya a soltarse un bulón.

El joven obedeció sin preguntas. El jefe de máquinas lo despidió con un gesto breve y salió del compartimento.

El eco de la escotilla aún resonaba cuando apareció el brigada. Había estado lo bastante cerca para oír cómo el cabo daba la novedad, y entró con la bronca ya preparada, como si trajera el mar entero en la cara

—¿Qué haces dándole la novedad al jefe de máquinas? —le espetó al cabo, con la voz seca y grave—. ¡Eso me lo das a mí, siempre!

El muchacho se cuadró de inmediato, la cara encendida.

—Mi brigada, no estaba usted… y pensé que… como el jefe estaba delante…

—¡Pensaste mal! —lo cortó de raíz, con tono áspero—. La cadena se respeta, aunque el barco se caiga a pedazos.

El cabo tragó saliva. Intentó justificarse con humildad, aunque en su voz se notaba la falta de tablas:

—Solo quería que la información no se perdiera, mi brigada…

El suboficial lo miró unos segundos, con un silencio que pesaba más que cualquier reproche. Luego sentenció, breve, sin alzar la voz:

—La información nunca se pierde si se hace bien. Aprende.

El cabo asintió, casi temblando, y se marchó. En el compartimento quedó la máquina rugiendo, como si se burlara de aquel pequeño drama humano.

De camino hacia su camarote, el jefe de máquinas continuaba inmerso en sus recuerdos:

—Diez años casados… y yo pensando que la conocía de memoria. ¡Qué soberbia la mía! Creía que nada podía tambalear lo nuestro. Y ahora… —miró a las válvulas—.

Ahora mi vida está como este barco, recibiendo golpes de la mar, sin saber qué rumbo es el menos malo. Solo quiero… arribar a buen puerto y atracar al resguardo hasta que pase esta tormenta.

Un bandazo del barco hizo que el manguito que iba del compresor de aire a las botellas de los equipos de respiración asistida para atacar los incendios se soltara con un fuerte rugido, que le obligó a callar.

—Vale, vale, ya lo sé… —le dijo al compresor, en su mente, como si le hubiera hecho callar dentro de su conversación interna—. Aquí no se piensa, aquí se aguanta.

Pero en el fondo sabía que el mar podía tragarse cualquier ruido, menos el de su propia conciencia.

Al día siguiente, la incomodidad no se limitaba a la máquina. También la cámara se convirtió en campo de batalla.

Cámara de oficiales

La cámara de oficiales se había convertido en un lugar incómodo. No solo por la tensión en el ambiente, sino por la propia mar. Cada bandazo hacía que la mesa de centro, por mucho que estuviese trincada, se desplazara unos centímetros, como si el acero del buque jugara a humillar a los hombres. Los platos resbalaban, los cubiertos tintineaban, y más de uno había perdido ya la mitad de la sopa en la pechera.

Un oficial joven, con la sonrisa forzada de quien intenta quitar hierro, se arriesgó a comentar:

—Esto no es comer, es adiestramiento de supervivencia. ¿A quién se le habrá ocurrido hacer sopa un día como hoy?

Las carcajadas fueron breves, apagadas enseguida por otro pantocazo que volcó un vaso entero de agua sobre el mantel.

—Adiestramiento… —repitió el jefe de operaciones, con el gesto serio—. Adiestramiento sería estar ahora mismo proa al norte, persiguiendo pesqueros sospechosos, no aquí, haciendo equilibrios.

El silencio duró un segundo. El balanceo seguía, insoportable, como si la cámara fuese un péndulo enloquecido. Después, el más antiguo de los alféreces de navío se inclinó hacia adelante, con voz grave:

—Un mes y medio en zona y ya estamos desviados. No me digáis que esto tiene sentido.

El jefe de máquinas, con la mirada cansada, masculló algo que apenas se oyó:

—Lo único que tiene sentido aquí es que la humedad va a acabar con nosotros antes que los piratas.

Una gotera, alimentada por la condensación del monzón, cayó justo en la taza de café del más moderno. La mueca de asco arrancó una risa nerviosa en la mesa. El más veterano levantó la ceja:

—¿Y la visita a ese puerto fuera de la zona de operaciones va a arreglar esto o la paz mundial? Estoy harto de no poder disfrutar de un café normal en la cámara. Cuando no son las goteras, son los comisionados… todos los extranjeros del estado mayor embarcable, los del ROLE y esos pilotos de las narices. Ni montan guardia mientras nosotros aquí estamos sin pegar ojo. Guardias, adiestramientos, cansancio… Y para más gracia, cuando al fin sales de todo eso, te metes en la cama y parece un toro mecánico.

El joven, en un intento de defender el plan, balbuceó:

—Bueno… al menos, dicen que servirá para reforzar la cooperación.

El jefe de operaciones lo cortó de inmediato:

—¿Cooperación? Primero eran abordajes conjuntos. Luego, pasó a intercepciones. Ahora lo único que queda es que nos reciban para un té. Y eso, si no se cancela también.

El oficial más joven bajó la vista al plato, sintiendo el calor en las mejillas. ¿Por qué hablo? ¿Por qué no puedo quedarme callado? El murmullo de su conciencia era más fuerte que el de la vajilla chocando con la mesa.

Uno de los tenientes de navío más antiguos intervino entonces, como tantas veces, para templar el ambiente:

—Las órdenes son las que son. No nos pagan para entenderlas, sino para cumplirlas. Y más vale que nos acostumbremos a ello.

El jefe de máquinas golpeó con el tenedor la mesa, no demasiado fuerte, pero con la intención de hacerse notar:

—Lo que pasa es que el comandante de hace unas cuantas rotaciones se dejó los ojos en cartas náuticas y en el estudio de la casuística de los incidentes con piratas. De ahí salió cierta lógica: los piratas actuaban donde la pesca lo facilitaba. Y justo cuando parece que hay un patrón, nos mandan a otra parte.

Otro pantocazo derramó la cazuela del rancho sobre el suelo. El silencio que siguió fue casi solemne. El ambiente olía a rancio que quedaba impregnado en la ropa tanto como el sudor.

—Vamos a ver. Eso tampoco es así —soltó el jefe de operaciones, con un tono más tajante que antes—. Que un comandante venga con ganas de dejar su sello no significa que exista un patrón real. En quince años de operaciones, ¿nadie más lo habría visto antes? Difícil de creer.

Un alférez se atrevió a replicar, con calma:

—Bueno, yo tampoco sé si lleva razón o no. Pero considero, y creo que todos lo hacemos, que cada comandante quiere dejar su impronta el tiempo que ostenta el mando. Es lo normal. Ahora bien, si además se aporta algo a esta misión, pues mejor. Llámame loco si quieres, pero yo lo prefiero a que se limite a redactar informes o a hacerle la pelota a algún almirante extranjero.

El jefe de operaciones se giró con gesto torcido:

—¿Estás insinuando algo?

Solía hacer este tipo de maniobras psicológicas, para buscar una reacción cuando se quedaba sin argumentos.

—He querido decir lo que he dicho, tal cual. No estoy insinuando nada. No sé qué problema tienes con las opiniones ajenas y distintas a las tuyas.

El bandazo hizo vibrar la vajilla. Nadie en la mesa quiso añadir nada más. Al fondo, en la zona de sofás, un capitán enfermero del ROLE y un piloto de la unidad aérea embarcada se esforzaban por disimular, fingiendo que leían. No era fácil tragarse la conversación de un grupo que los trataba como intrusos.

Hizo un esfuerzo por mantenerse prudente. Sabía que en las cámaras de los buques militares ese resentimiento existía, así que intentó digerir los reproches sin reflejar nada en la expresión.

A pesar de ello, tanto el piloto como él no pudieron evitar cruzar una mirada que lo decía todo, que expresaba lo poco integrado que se sentían en un grupo que los rechazaba; simplemente aportaban la capacidad que el mando había estimado necesaria para esa misión, y lo peor de todo: no eran voluntarios y llevaban bastantes días fuera de casa a sus espaldas.

Uno de los oficiales que estaba comiendo, pero no había participado en la conversación, se levantó de la mesa y se acercó a la zona de sofás. Allí, en voz baja, comentó con un compañero recién llegado de descansar:

—Oye, ¿te has fijado? Ni el jefe de máquinas ni el jefe de operaciones se han dado cuenta, pero en ese sofá está el capitán enfermero tragándose toda la rajada.

El otro frunció el ceño, también en susurros:

—Ya sabes cómo es esto… se acumulan guardias, el cansancio pasa factura, y algunos quieren ver a todos tan fastidiados como ellos se sienten.

—Sí, lo entiendo. Pero tampoco se ponen en la piel de ellos. ¿Te imaginas pasarte semanas aquí, sin guardias, sin apenas trabajo, y que encima te miren como un estorbo? Yo no lo querría para mí.

—Claro. Pero luego vendrán con que podrían hacer algo para que la vida a bordo fuera más llevadera para los que sí montan guardias. Y eso, para algunos, es casi un insulto.

Y como si hiciera falta más leña al fuego, llegó la orden del segundo…

La escotilla del segundo

La orden había llegado de manera seca, casi burocrática: la escotilla que comunicaba la cámara de oficiales con cubierta quedaba cerrada “hasta nuevo aviso”. El segundo lo justificó con un argumento técnico: evitar que la humedad del monzón se colara en la cámara y agravara la condensación.

En el papel, parecía razonable. En la práctica, era un castigo. Para salir a cubierta había que subir dos cubiertas, abrir varias escotillas y dar una vuelta absurda por pasillos estrechos. El resultado fue inmediato: quejas sordas, malhumor y un reguero de chistes de pasillo.

En el fumadero improvisado de popa, el comentario se repetía una y otra vez.

—Todo por una escotilla cerrada… como si eso cambiara la humedad del Índico —dijo un teniente de navío, chasqueando el mechero dos veces antes de encender el cigarrillo. La llama titubeó con el viento y el crujido del casco acompañó sus palabras.

—Es disciplina —replicó otro, uno de los que siempre asentía al segundo—. Si lo ha dicho es por algo.

—Sí, por jodernos la vida —saltó un tercero, dejando escapar el humo con rabia—. Antes cruzabas en un minuto, ahora tardas cinco y llegas sudando como un perro.

Las risas fueron breves, pero amargas. La incomodidad de los rodeos se sumaba a la incomodidad de la mar, de las goteras y del calor húmedo que pegaba la ropa al cuerpo. El resentimiento crecía como moho en un rincón.

El jefe de máquinas apareció en cubierta, con gesto cansado. No dijo nada, pero su sola presencia impuso silencio. Los oficiales lo respetaban: sabían que era un hombre que no perdía el tiempo en quejas. Sin embargo, esa noche su mirada parecía más oscura, como si cargara un peso mayor que las vibraciones de la máquina. Se apoyó en la barandilla, mirando al horizonte negro. El rumor del mar, profundo y grave parecía hablarle solo a él. En su cabeza, el eco no era el de las protestas de la dotación, sino el de su mujer: “Me importa que nunca estás aquí.” Sabía que necesitaba encontrar a alguien con quien poder desahogarse…el peso que sentía en el pecho no lo dejaba casi ni respirar.

Otro pantocazo sacudió el buque y todos se agarraron como pudieron. El metal crujió como si se quejara. Uno de los fumadores, con la adrenalina aún en la voz, masculló:

—Al final, con tanta escotilla cerrada, no va a haber sitio donde respirar.

—O peor —intervino un suboficial de habitabilidad, con la cara desencajada—, nos va a tocar subir y bajar más escalas con esta mar. Y así aumentan los accidentes. Estamos como para que alguno se rompa una pierna.

—Exacto —añadió otro—. A ver cómo lo evacuarían. No hay tierra firme al alcance del helicóptero.

El comentario flotó en el aire como un diagnóstico. Nadie respondió enseguida. El silencio era más pesado que la propia humedad. Hasta que un teniente médico, que solo había salido a tomar el aire, con más ingenuidad que prudencia, se atrevió a murmurar:

—Bueno… siempre está la opción de no fumar.

Las cabezas giraron hacia él con una mezcla de sorna y cansancio.

—Claro, muchacho —rió con aspereza un teniente de navío, al que casi no se había visto en la oscuridad—. Y la opción de no dormir, y la de no comer. Aquí las rutinas son como leyes. A bordo, y en tierra también. Lo que se hace cada día se convierte en norma, y que alguien te cambie esa norma, aunque sea una puerta, es como si te quitaran un derecho.

—Además —añadió otro oficial, expulsando una densa calada—, el cigarro es lo único que nos recuerda que seguimos siendo dueños de algo. Quita eso y verás.

El joven enrojeció, tragándose la réplica. Pero otro, más socarrón, se inclinó hacia el corro con un pitillo apagado entre los dedos:

—Aunque últimamente ya ni eso. ¿Habéis visto a los chavales con esos vapers? Esos palitos electrónicos que parecen juguetes.

—Bah —bufó un suboficial—. Eso es peor. Ni saben lo que fuman. Productos químicos de quién sabe dónde.

—Y huele a colonia barata —añadió uno entre risas, sacudiendo la ceniza al suelo húmedo.

El veterano del grupo, con la voz cascada por décadas de tabaco, intervino entonces:

—A mí me da igual que sea cigarro o vaper. Lo que no aguanto es que anden cambiando nuestras rutinas. Esas son las que te mantienen cuerdo. El que no lo entienda, que se pase un mes entero aquí dentro y luego hable.

Se hizo un silencio respetuoso. El humo del tabaco se mezclaba con el olor a gasóleo y humedad, formando un aire espeso que se pegaba a la garganta. Alguien escupió al mar tras una calada. El chisporroteo del salivazo al chocar con la espuma fue el único sonido.

El jefe de máquinas seguía en silencio, mirando al horizonte. Pensaba que, en tierra, su mujer daría lo que fuera porque la puerta de casa no se cerrara nunca más a su espalda.

En ese momento apareció el jefe de operaciones en la zona de fumadores. Se acomodó entre ellos con paso seguro, como quien quiere dejar huella. Llevaba el cigarro colgando del labio y la mirada fija en el jefe de máquinas.

—¿Qué te parece esta situación, jefe? —le dijo en medio de una confidencia forzada—. ¿No te parece que sería lo suyo hablar con él?

Dio una calada larga, mirándolo con insistencia.

El jefe de máquinas no se movió. Su voz fue baja, seca:

—No estoy para estas cosas. Lo último que necesito es envenenarme la sangre con rajadas por un simple cambio en la rutina.

—¿Simple? —replicó el jefe de operaciones, buscando aliados—. Hoy es una puerta, mañana será otra cosa. Si no nos quejamos, acabaremos tragando con todo.

El jefe de máquinas se giró, cansado, con la mirada perdida en el vaivén oscuro del mar.

—Puede que no se arreglen las goteras, pero la masa de aire húmedo que entraba por esa escotilla era exagerada. Algo de razón hay.

El jefe de operaciones frunció el ceño. No estaba acostumbrado a que le frenaran.

—¿Qué te pasa, jefe? No estás como es habitual en ti —dijo, tratando de no perder en su bando a uno de los pesos pesados de la cámara.

El jefe de máquinas apartó la vista. Sus ojos reflejaban más cansancio que enfado.

—Nada que esté con ánimo de compartir. Me voy a la cama. Hasta mañana.

Se levantó despacio y se perdió hacia la oscuridad de la cubierta.

—Hasta mañana, jefe, descansa —alcanzó a decir el jefe de operaciones, pero su voz sonó hueca, como una excusa.

El corro quedó en silencio. El humo se dispersaba con el viento húmedo, y cada chispa de mechero, cada colilla aplastada contra el cenicero hecho ad hoc para el despliegue, era un recordatorio de lo frágil que puede ser la rutina cuando la mar se empeña en quebrarla. Y de lo vital que es para una dotación con tantos días de mar.

El mar bramó de nuevo, como recordándoles que a bordo las rutinas nunca eran eternas.